La importancia de pensar en el oficio

Manuel Velasco*

Diseñar el programa de la asignatura. Consultar bibliografía. Coordinar con el instructor o la instructora. Preparar el contenido de la materia. Elaborar los ejercicios y las evaluaciones. Impartir las clases. Calificar tareas, controles de lectura, exámenes… El quehacer docente se ve inmerso en una vorágine de actividades diarias. Poco tiempo queda para reflexionar en nuestra ocupación habitual. Sin embargo, varios docentes reconocen que es importante encontrar tiempo para pensar el oficio. El punto es encontrar un lugar para ello. Por eso, cuando la Maestría en Política Educativa de la UCA anunció el diplomado “Repensar la educación: nuevos desafíos”, que sería impartido por alguien con un currículo tan intenso como el Dr. Ernesto Schiefelbien (ver recuadro), fueron varios los educadores que se interesaron y se inscribieron.

Consciente de que el diálogo nos conduce hacia un nuevo saber a partir del encuentro con el otro, el Dr. Schiefelbien planteó seis preguntas guías o “problematizadoras” para facilitar la reflexión alrededor de la práctica educativa. Cada cuestionamiento va acompañado de otras interrogantes que conducen a preocupaciones específicas de gran interés para los y las docentes.

1. ¿Es posible que un educador desempeñe un rol diferente del rol que la sociedad espera? ¿Cuál es la diferencia entre instruir y educar? ¿Qué hago más yo en mis clases? ¿Cómo puedo evitar que mi clase sea una caverna platónica sin salida? ¿Cómo puedo ofrecer un camino para que mis alumnos se liberen de las opiniones habituales y se eleven a la luz de la propia razón?

2. ¿Es posible educar? ¿Cómo hacerlo?

¿Cuánto de la educación que transmitimos a nuestros estudiantes está fundamentado en creencias? ¿Cuánto a través de la experiencia o por el razonamiento? ¿Cómo integrar de la mejor manera las tres modalidades?

3. ¿Es posible mejorar nuestra habilidad como docentes gracias a la práctica?

¿Con qué principios teóricos disponemos para efectuar nuestras clases? ¿Cuál el es que usamos con mayor frecuencia? Si hoy enseñé mal, ¿podría hacerlo bien mañana? ¿Qué tener o hacer para mejorar la práctica? ¿Qué hacer cuando hay alumnos de aprendizaje más lento?

4. ¿En qué tipos de aprendizaje es posible usar un currículo diseñado de antemano?

¿Es posible saber el momento en que se debe educar? ¿Tiene poder el docente? ¿Manipula a sus estudiantes? ¿Hay que manipular a los estudiantes para hacerlos autónomos?

5. ¿Para qué educar al ser humano? ¿Para su desarrollo natural, social o personal?

¿Ayuda el análisis de estos puntos de vista (naturalista, socialista y personalista) a encontrar el justo equilibrio? ¿Cómo la sociedad puede llegar a un acuerdo sobre el para qué de la educación?

6. ¿Es posible que los centros educativos tengan un objetivo diferente del rol que la sociedad espera?

¿Es peligrosa la educación para el ser humano y la escuela para el alumno? ¿Se define el objeto de los centros de enseñanza a partir de lo posible o de lo deseable y necesario? ¿Tiene la educación un fin propio o solo cumple con demandas de la sociedad? ¿Puede la pedagogía permitir que cada uno se realice como le guste? ¿Qué se entiende por liberación del ser humano?

Como es fácil imaginar, la discusión generada a partir de cada pregunta básica resultó tremendamente enriquecedora para los y las participantes. Las conclusiones fueron personales y dependieron de la calidad de reflexión que cada docente quiso efectuar desde su experiencia en el salón de clase. Sin embargo, al final se coincidió en que estos espacios para repensar el trabajo profesional cotidiano elevan decididamente la calidad de la enseñanza y, por lo tanto, deben ser una parte esencial de la formación magisterial.

Así lo expresa el Dr. Ernesto Schiefelbien en el libro Repensar la educación. Diez preguntas para mejorar la docencia, que ha escrito junto con el Dr. Winfried Bohm, texto que se utilizó como base a lo largo de las seis sesiones del diplomado: “Hemos constatado que ese re-pensar causa un placer intelectual y origina una satisfacción profesional, lo que debería convertirlo en un hábito profesional, muy apropiado para esta sociedad del conocimiento (…) Sin desconocer la importancia de las demás disciplinas, creemos que el filosofar –capacidad muy distinta a la de repetir conocimientos filosóficos petrificados– es un poderoso motor del desarrollo profesional del maestro” (pp. 19 y 20, 2005).

Sin duda, “el pensar lo que enseñamos nos libra de la ‘tiranía de la costumbre’” (Ibíd., 2005). Sí es posible mejorar nuestra habilidad como docentes gracias a la práctica. Sí es posible fomentar una verdadera autonomía en cada estudiante, que lo lleve a pensar y a decidir por su propia cuenta. Para lograrlo, es necesario liberarnos de ciertos esquemas rígidos y animarnos a encontrar respuestas y soluciones propias, esas que únicamente vendrán cuando en nuestro frenético ritmo laboral hagamos una pausa para pensar en las posibilidades que ofrece el oficio más hermoso del mundo.

Ernesto Shiefelbein se tituló de Doctor en Educación de la Universidad de Harvard (1969). Ha sido director de la Oficina Regional de Educación de UNESCO para América Latina y el Caribe, ministro de Educación en Chile (1994) y profesor visitante de las universidades de Hiroshima, Harvard y Católica de Córdova. En 2004 recibió el Premio Medalla J. A. Comenio que otorgó la Conferencia Internacional de Educación de UNESCO, efectuada en Ginebra, Suiza. Al entregarle el premio se destacó sus esfuerzos por pasar “de una transmisión de contenidos del currículo a un diálogo inteligente entre participantes adecuadamente informados”. Cuenta con 215 publicaciones entre artículos, capítulos y libros, en inglés, francés, alemán, italiano y español.

 

 
     
     
 
* Manuel Velasco
Licenciado en Letras, con estudios de Maestría en Educación Social y Animación Sociocultural. Docente en la Universidad Centroamericana ¨ José Simeón Cañas.
 
 
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