Departamento de Economía


Biografía

Padre Francisco Javier Ibisate:
un hombre fiel a Dios y a la realidad de su pueblo

Por Cristina Rivera

Docente y Economista UCA

 

       Francisco Javier Ibisate nació en Vitoria, España, el 24 de agosto de 1930. Le toca vivir, entonces, una época difícil en la historia: crisis mundial y la Segunda Guerra.

 

        Ingresó a la Compañía de Jesús el 8 de Septiembre de 1948. Estudió letras y filosofía en la Universidad Católica de Quito, Ecuador. En 1958, ingresó a la Universidad de Lovaina, Bélgica, donde recibió el título de licenciado en teología, y, posteriormente, ingresó a la facultad de economía. Sus estudios de espiritualidad los realizó en Orduña (España) y en Santa Tecla (El Salvador).

 

            El padre Ibis, como se le conocía,  llegó a la UCA en noviembre de 1966, e ingresó en el Decanato de Economía como auxiliar del decano de la facultad. En 1972, le conceden la nacionalidad salvadoreña. Posteriormente, fue nombrado decano de la Facultad de Ciencias Económicas. De 1995 a 1997 fue delegado, transitoriamente, como Rector de la Universidad. A partir de junio de 2001, el Padre Ibis dejó su cargo en el Decanato de Ciencias Económicas y pasó a formar parte de la planta docente a tiempo completo del Departamento de Economía.

 

             Personalmente, conocí al Padre Ibis como mi profesor de Introducción a la Economía en 1999. Luego fue mi profesor de Sistemas Económicos Comparados y Entorno Económico Mundial; pero fue hasta el año 2003, cuando fui instructora en su materia de Introducción a la Economía, que pude conocerlo un poco más, observar su mística de trabajo, la dedicación con que preparaba sus clases y el cuidado con el que revisaba las evaluaciones. “Las notas son sagradas” nos explicó a las “buenas instructoras” como nos decía.

 

             Por ese año, también, comencé a trabajar en el Módulo A de profesores, pude entonces ver que era siempre el primero en llegar, aproximadamente, a las 6:00 am. Aprovechaba ese momento para actualizarse sobre el acontecer mundial y nacional, revisando los periódicos nacionales e internacionales. Luego, regresaba a la casa para desayunar y, nuevamente, a las 8:00 am estaba trabajando en el módulo. Siempre de buen humor y con el ánimo que le caracterizaba, usualmente bromista.

 

             A pesar de haber conocido al Padre por tan poco tiempo, puedo afirmar que su principal característica era ser una persona que amaba profundamente, pues ponía amor en todo lo que hacía, lo que es fácilmente perceptible al leer sus escritos, recordar sus clases, escuchar programas de radio en los que participó, recordar las eucaristías que impartió y, sin duda, al recordar conversaciones con él. 

 

             Además el Padre Ibis fue un a luz  siempre encendida… no sólo era el primero en llegar al módulo que hoy lleva su nombre, también de los últimos en irse. Él siempre estaba ahí, no importando si era sábado, domingo o un día feriado. Encontrarlo ahí fue siempre reconfortante… aunque siempre nos mandara a nuestras casas a descansar y a pasar tiempo con nuestras familias. Pude darme cuenta que el Padre Ibis era alguien que amaba esta Universidad, y además logró entender y traducir en su vida la misión de la UCA. A través de sus palabras podíamos trasladarnos a los inicios de la Universidad y percibir el cariño que puso a partir de ese proceso. Por ejemplo, cuando comenta la “inolvidable alegría de aquel primero de enero [1969] cuando con el padre Gondra colocamos los pupitres en las aulas de los dos laboratorios de planta baja y en los edificios prefabricados…”[1]. No estaba, entonces, todo delegado a las unidades de mantenimiento y servicios subcontratados.

 

          La misión de la UCA fue puesta en práctica por él en su constante búsqueda por la verdad, y por compartirla e iluminarnos con ella; así como a partir de la claridad con que procuraba la formación profesional de los universitarios para contribuir al desarrollo del país.

 

          El Padre Ibis fue, además, alguien cuyas puertas siempre estuvieron abiertas para recibir y escuchar. Él tenía una profunda fe en el ser humano, y que su propia bondad le hacía creer en la “buena gente”. Así, su enorme legado como pilar fundamental de esta institución no sólo radica en sus enseñanzas sobre economía, en sus múltiples escritos, sino que además se refleja en las vidas de las personas a las que él toco…


[1] ECA; Noviembre-diciembre 1995; “Los treinta años de la UCA”

 

SU PENSAMIENTO








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