CMR

Vía Crucis del pueblo salvadoreño
Roberto Huezo

Estos dibujos del pintor Roberto Huezo fueron inspirados en el dolor y el sufrimiento del pueblo salvadoreño. Los años previos a la agudización militar del conflicto, se caracterizan por la aparición de cuerpos asesinados, torturados y masacrados en casi cualquier lugar de El Salvador. Setenta y cinco mil muertos son el saldo de esta violencia. Y la tragedia aún prosigue…

Los cuadros expresan el dolor que el pueblo ha cargado, como inmensa cruz, camino de su liberación. Catorce cuadros: Vía Crucis de todo El Salvador sufriente. Catorce cuadros en espera sostenida de un décimo quinto: el de la Resurrección de este pueblo, cuadro anhelado donde el rojo de la sangre se transforme en el bellísimo rojo que difunde el sol sobre las nubes al anunciar la aurora…

La presencia de estas crudas expresiones artísticas, violentas y desnudas, impresionan y, a veces, sorprenden a visitantes que critican su presencia en la capilla.

Sin embargo, éste es el modo exacto con que Jesús –encarnado en carne de pueblo salvadoreño- va hoy haciendo en esta tierra su Vía Crucis, el “Camino de la cruz”…


I Estación

“Muchas veces me lo han preguntado aquí en El Salvador: ¿Qué podemos hacer? ¿No hay salida para la situación de El Salvador? Y yo, lleno de esperanza y de fe, no sólo con una fe divina sino con una fe humana, creyendo también en los hombres, digo: ¡Sí, hay salida!” (18.2.1979)

II Estación

“Quiero asegurarles a ustedes, y les pido oraciones para ser fiel a esta promesa, que no abandonaré a mi pueblo sino que correré con él todos los riesgos que mi ministerio exige” (11.11.1979)

III Estación

“Estoy seguro de que tanta sangre derramada y tanto dolor causado a los familiares de tantas víctimas no serán en vano. Es sangre y dolor que regará y fecundará nuevas y cada vez más numerosas semillas de salvadoreños que tomarán conciencia de la responsabilidad que tienen de construir una sociedad más justa y humana, y que fructificará en las reformas estructurales audaces, urgentes y radicales que necesita nuestra patria” (27.1.1980)

IV Estación

“Para mí es de mucho orgullo poder decir que la Arquidiócesis de San Salvador no quiere ser cómplice indiferente ni cómplice de la situación de pecado y de violencia estructural que existe en nuestro país. Así son las fiestas de la Iglesia. Con sangre de martirio, con esperanza de cristianismo” (24.6.1979).

“En ese mundo sin rostro humano, sacramento actual del siervo sufriente de Jahvé, ha procurado encarnarse la Iglesia de mi Arquidiócesis” (2.2.1987).

V Estación

“¡Cuántos crímenes se comenten en nombre de la legalidad! (21.6.1979).

“En nombre de la seguridad nacional se institucionaliza la inseguridad de los individuos” (6.8.1979).

“Estamos hartos de armas y balas. El hambre que tenemos es de justicia, de alimento, de medicinas, educación y programas efectivos de desarrollo equitativo. Si se llegan a respetar los derechos humanos, lo que menos necesitaremos serán armas ni métodos de muerte” (21.10.1979).

VI Estación

“La verdad era persecución se ha dirigido al pueblo pobre, que es hoy el Cuerpo de Cristo en la historia. Ellos son el pueblo crucificado, como Jesús, el pueblo perseguido como el siervo de Jahvé. Ellos son los que completan en su cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo” (2.2.1980).

VII Estación

“Aquí no hay más voz que o callarse y ver en silencio que le matan a su familia o denunciar y esperar la misma suerte. ¡Es triste la situación!” (24.6.1979).

“La muerte es signo de pecado cuando la produce el pecado tan directamente como entre nosotros: la violencia, el asesinato, la tortura, donde se quedan tantos muertos, el machetear y tirar al mar, el botar gente. ¡Todo esto es el imperio del infierno! ¡Son del diablo los que hacen la muerte! Lo llevan a cabo los que le pertenecen al diablo” (1.7.1979).

VIII Estación

“El grito de liberación de este pueblo es un clamor que sube hasta Dios y que ya nada ni nadie lo puede detener” (27.1.1980).

IX Estación

“La vida es siempre sagrada. El mandamiento del Señor ‘no matarás’ hace sagrada toda vida. Y aunque sea de un pecador, la sangre derramada siempre clama a Dios. Y los que asesinan son homicidas” (24.6.1979).

X Estación

“Nada hay tan importante para la Iglesia como la vida misma, como la persona humana. Sobre todo, la persona de los pobres y oprimidos que –además de ser humanos—son también seres divinos, por cuanto de ellos dijo Jesús que todo lo que con ellos se hace El lo recibe como hecho a El” (16.3.1980).

XI Estación

“Nada me importa tanto como la vida humana. Es algo tan serio y tan profundo, más que la violación de cualquier otro derecho humano porque es la vida de los hijos de Dios. ¡Lo que más se necesita hoy es un alto a la represión!” (16.3.1980).

XII Estación

“¡Cómo anhela nuestro pueblo de veras siquiera tener una sola noticia para ir a ver las tumbas de los desaparecidos o enterrarlos debidamente o ver si queda una lucecita de esperanza en vidas que se han perdido hace mucho tiempo!” (28.10.1979).

“¿Dónde están los desaparecidos? ¿Cuándo vuelven a la patria los exiliados? ¿Cuándo cesa la tortura y la captura arbitraria? ¿Dónde están las sanciones a los cuerpos de seguridad que han hecho tantas violencias?” (8.7.1979).


XIII Estación


“Esa honorable Corte de Justicia” no ha remediado estas situaciones, tan contrarias a las libertades públicas y a los derechos humanos, cuya defensa constituye su más alta misión. Tenemos, pues, que los derechos fundamentales del hombre salvadoreño son pisoteados día a día, sin que ninguna institución denuncie los atropellos y proceda sincera y efectivamente a un saneamiento en los procedimientos” (14.5.1978).

XIV Estación

“A mí me toca ir recogiendo atropellos y cadáveres” (19.6.1977).

“Mi posición de pastor me obliga a ser solidario con todo el que sufre y acuerpar todo esfuerzo por la dignidad de los hombres” (7.1.1979).




La capilla Monseñor Romero de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, desde la noche martirial del 16 de noviembre de 1989 se ha convertido en inspiración de peregrinos, en hoguera que caldea los corazones y las voluntades en pos de la paz verdadera: la que es fruto de entera justicia y aroma de la solidaridad…

Fernando Azuela, S.J.
Noviembre, 1990


Desde que se escribieron las anteriores palabras, miles de personas han pasado por la capilla Monseñor Romero, desde campesinos hasta presidentes de gobierno. Con el tiempo no disminuye la atracción que ejercen los mártires enterrados en ella, que simbolizan el martirio mayor de todo el pueblo salvadoreño. Los visitantes contemplan en silencio, oran, lloran a veces. Y salen con esperanza.

Ante los cuadros de sufrimiento y torturas se espantan. Ante los cuadros de Monseñor Romero, que apuntan a la utopía, se serenan y se llenan de gozo. Ante las tumbas de los seis jesuitas se convencen de que todo en la capilla es verdad, no es sólo producto de inspiración artística. Es verdad el horror, y es verdad el compromiso y el amor de los mártires.

En la capilla se celebra la eucaristía, la pascua de Jesús. Sus pinturas lo expresan artísticamente: en presencia de la muerte, la última palabra la tiene la vida. Los jesuitas lo expresan realmente: muertos y enterrados, siguen vivos y dando vida. Las palabras de Monseñor Romero en la fachada lo dicen con claridad: “si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”. A celebrar esa eucaristía, en la liturgia y en la vida, invita la capilla Monseñor Romero.

Jon Sobrino, S.J.
Noviembre, 1999.


 


Réquiem para los mártires

El autor del cuadro es Miguel Antonio Bonilla. Su obra es muy crítica y satírica. La mujer que aparece en la parte inferior izquierda, enjoyada y en actitud de oración, representa a la oligarquía. La muerte con su guadaña representa al ejército. El hombre que está dando la orden de matar, representa a los gobernantes de turno. Al fondo se ve un volcán que es nuestra tierra. En la parte superior están los ocho mártires de la UCA, ya resucitados, y sobre ellos está Cristo resucitado. Es un Cristo diferente, aparece con todas las señales de torturas que infligían “los cuerpos de seguridad”: los ojos vendados, señales de balazos y torturas, y en los dedos pulgares restos de lazos que indican que estuvo con ellos atados. El animal que aparece abajo es un “cadejo”, figura propia de las leyendas salvadoreñas, parecido al perro, con los ojos rojos y brillantes. Durante las noches aulla presagiando algún peligro. El autor utiliza esta imagen en muchas de sus obras.