El reto, revertir la historia

Margarita Moreno
17/11/2014
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El 13 de noviembre, en el Auditorio “Ignacio Ellacuría”, la Cátedra de Realidad Nacional desarrolló el tema “Veinticinco años después, ¿qué ha cambiado en El Salvador?”. La cuestión se abordó desde cuatro perspectivas: sociedad en la que vivieron los mártires, economía, dignidad y justicia, y política. El análisis estuvo a cargo, respectivamente, de Jon Sobrino, director del Centro Monseñor Romero; William Pleitez, economista del PNUD; Rodolfo Cardenal, historiador; y Andreu Oliva, rector de la UCA.

Omar Serrano, vicerrector de Proyección Social, planteó algunas preguntas para iniciar la reflexión: ¿ha avanzado El Salvador en la instauración del reino de la justicia y la solidaridad?, ¿hay más apertura democrática que hace 25 años?, ¿es El Salvador un Estado de derecho?, ¿hemos avanzado en el respeto de los derechos fundamentales?

Ante estas interrogantes, es necesario conocer el tipo de sociedad en la que vivieron los mártires de la UCA y a la cual respondieron. Jon Sobrino recordó que era una sociedad caracterizada por encubrir y mentir. Ante lo cual la opción de los jesuitas en El Salvador fue decir la verdad. Y esto, explicó, implicaba también “cargar con las consecuencias de decir esas verdades”.

Incidir en la realidad y hablar con honradez y coherencia sobre lo que pasaba en el país en los años de la guerra significó, desde el quehacer de la UCA, ir más allá de la investigación y la academia: asumir la proyección social como un medio para buscar una “tercera fuerza”: unir a los que querían el fin de la guerra, proteger a los vivos, y buscar el diálogo y la negociación. “Ese era el modo universitario de defender al pobre”, apuntó Sobrino.

Y es que, de acuerdo a Pleitez, a finales de la década de los ochenta, la pobreza había aumentado en un 10%, el poder adquisitivo de los salarios mínimos estaba reducido a la mitad, más de medio millón de salvadoreños habían optado por emigrar, había una crisis del sistema financiero y la deuda pública representaba el 88% del PIB.

De ese contexto al actual, explicó el economista, se pueden destacar seis cambios: se adopta un modelo económico caracterizado por la exportación y la atracción de inversión, lo que se traduce en desregulación y privatización; la población se transnacionaliza: emigran 60,000 personas cada año; cambia el patrón de crecimiento, y las remesas, el consumismo y las maquilas ganan peso en la economía; se reducen las tasas de pobreza: del 65% en 1992 al 36% en 2013; aumenta la vulnerabilidad ante los fenómenos naturales, lo que ha implicado un gasto estatal importante en prevención y reconstrucción; y ha cambiado la relación Gobierno-empresa privada. Pese a estos cambios, aclaró Pleitez, los problemas estructurales continúan siendo similares: desempleo y subempleo, pobreza, trabajo mal remunerado, un salario mínimo insuficiente para garantizar una vida digna, migración, entre otros.

Respecto al tema de la dignidad de la persona y avances en la justicia, Cardenal dijo que, aunque hay éxitos puntuales, “lo que sobresale es la incapacidad institucional para perseguir y sancionar el delito, lo que sobresale es la impunidad y la negación del derecho a la justicia a la mayoría del país”. Un sistema judicial que impide el acceso a la justicia indica que el Estado, como hace 25 años, irrespeta a las víctimas. “El primer paso para avanzar en la seguridad ciudadana es la depuración de las instituciones [Policía, fiscalía, jueces y magistrados]; sin esto, todo lo demás es tiempo y dinero perdido”, apuntó.

Por su parte, Oliva hizo un repaso de los cambios más destacados en política, como la pluralidad partidaria, la democracia electoral, la alternancia en el Ejecutivo, la apuesta por la transparencia y la contraloría ciudadana del ejercicio del poder.

En la Cátedra quedó claro que los avances son pocos y que 25 años después, la realidad estructural a la que se enfrentaron los mártires se mantiene. Los panelistas coincidieron en la urgencia de lograr una transformación profunda, que toque las raíces de los problemas. Por esto, el legado de veracidad sigue vigente, al igual que el reto planteado por Ignacio Ellacuría: “Esta civilización está gravemente enferma, y para evitar un desenlace fatídico y fatal es necesario cambiarla desde dentro de sí misma y luego, solo utópica y esperanzadamente, uno puede tener ánimos para intentar con todos los oprimidos del mundo, revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”.

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